Muertos de envidia
Psicología al toque
Juan Tausk
Publicado en diario Perfil el 20 de febrero de 2026
I
¿Yo envidioso? Ni ahí, son los otros con su mala onda pero, ¿quién no deseó ver alguna vez que la persona enviviada fracase y sufra? Es que la envidia pasa por la mirada y puede terminar haciendo daño, mucho daño.
Por ello el gesto tradicional de proteger a la familia y sobre todo a los niños, para no ser “ojeados”. Colgar del cochecito un “ojo turco” azul, u “ojo de Fátima” (por la hija de Mahoma), quizás una cinta roja, para distraer la mirada del mal-hechor. Sí, el que te envidia, te desea el mal y te lo hace.
“Me envidiás la chata pero no sabés el sacrificio que me costó”
Refrán fileteado en un camión del otrora Abasto.
Quizás hayas visto colgado un “Hamsa” del lado de adentro de alguna puerta: esa mano abierta con un ojo turco, para cuidar tu hogar del “mal de ojos”. Ya había “ojos” como amuletos frente a la envidia y el mal que causa – enfermedad en los niños, la pérdida del amor y el quedar arruinado – desde hace más de 5.000 años, en la cultura sumeria, en Ugarit (Siria), antiguo Egipto, los fenicios, la cultura árabe y judía, todo el Mediterráneo, los griegos, los latinos. En las Américas. Hasta Ceferino Namuncurá produjo un remedio para el “ojeamiento”, pero sus discípulos no te cuentan.
¿Proteger de qué? Ya Aristóteles lo decía: de la tristeza dolorosa ante la visión de la buena fortuna y la felicidad del otro, que tiene lo que nosotros deseamos y nos merecemos.
Pero, tranquilos, viene Harold Kushner (nada que ver con Jared, el yerno de Trump) diciendo que, dado que a la gente buena también le pasan cosas malas, la envidia sería una “reacción universal y saludable”. No es el único que habilita la envidia, pues Arthur Schopenhauer decía que sentir envidia es humano pero, gozar de la desgracia de los demás es demoníaco. Identifica un límite, como también lo hace Nietzsche: considera a la envidia como una fuerza poderosa que puede tanto destruir como impulsar al individuo.
Esa idea se traslada al mundo de las empresas, en que hasta se mide la envidia con tests psicométricos y se la trabaja, pues es un hecho inevitable y tan disruptivo, que genera peores resultados en la actividad, el trabajo colaborativo se esfuma y la gente la puede pasar muy mal.
El “por qué él gana más que yo u ocupa el puesto que yo quería y amerito”, las movidas de piso, el resentimiento que perdura una eternidad, pero “me las cobro”. Entre sonrisas de buena onda y “lo hago por tu bien”, los chismes difamatorios, el humillar y poner palos en la rueda, hasta ver pasar su cadáver frente a tu casa. Un goce funesto, pues la envidia no da descanso, todo la dispara, hasta en nimias diferencias: que la ropa nueva, la lucidez, el celular más grosso, las siliconas de la mujer del otro, etc. Siempre con la consigna de “lo quiero para mí o lo destruyo en vos” y a toda costa impedir el goce del otro. “Muertos de envidia” es un modo de decir local y ya te indica que tu envidiar puede rebotar en vos: te “mata”. Puede traer sórdidas consecuencias en uno, como veremos.
El daño y la intención de daño deben ser tan considerables, que el Dante, en la Divina Comedia, situaba en el Purgatorio a los que codiciaron o se entristecieron con la felicidad ajena. Dado que el pecado fue con la mirada, te atravesaban y cosían los párpados con alambre como castigo y para que no sigas dañando. Una delicadeza, pero al menos te podías reivindicar y aspirar a ascender al Paraíso. No a la diestra del Señor sino, como en el Paraíso del Teatro Colón: lejos y amontonado, pero estás adentro. O sea que hay recupero, lástima que ni el Dante ni su acompañante Virgilio te explican cómo.
Pero hoy día hay recursos abundantes. Desde la histórica confesión ante un sacerdote que te absuelve, en nombre del Señor, hasta concurrir al psicoanalista o a la miríada de psicoterapias y consultores. A fin de cuentas, tenemos la densidad mayor del mundo en psicoterapeutas: diez veces más, en proporción a la población, que los EEUU. ¿Estaremos tan “neuras”? Obviamente que los “psi” tienen menos poder que el sacerdote o el clérigo: ¿en nombre de qué o de quién te habrían de absolver? Por ello es otro el trabajo sobre la envidia y tanto más arduo para el paciente y el analista. Pero surge un problema. Si el paciente admira las dotes y la salud mental de su terapeuta – no pongamos las manos en el fuego por una buena parte, es como en todos las profesiones- y en cierta medida lo admira e idealiza, puede llegar a envidiarlo y resentirse porque no le da lo “salud mental” que cree merecer y necesita. Sucede que cuando el trabajo lleva a que vaya mejorando, hay veces que se pone peor el paciente y comienza a desvalorizar al analista y despreciar su palabra. En parte es lo que llamamos RTN, reacción terapéutica negativa: “¡De acá te voy a dar el gusto de curarme!” Eso es envidia. A veces eso se arregla y en otras, ni te cuento. Al dañar la capacidad del otro, uno se está dañando en su capacidad de pensar y además termina anidando en uno, un odio hacia el otro que nos aísla y una rabia hacia nosotros que no nos deja pensar bien, discriminar lo que se quiere y lo que no, y realizar nuestros anhelos y deseos. Querer y querernos bien.
II
Aparecen dos palabras que se han hecho clásicas: en alemán, disculpen, pero no tienen que aprender a pronunciarlas. “Glückschmerz”: el dolor por la buena fortuna del otro. Y “Schadenfreude”, que ya es un cuadro diagnóstico: la alegría sombría de dañarlo o ver fracasar al afortunado. Regodearse y complacerse maliciosamente con ese daño, se acerca al odio y al sadismo. Como verán, es todo lo opuesto a compasión y empatía, aunque yo desconfiaría de las “bellas almas” que usan estas dos palabras con tanta asiduidad, no vaya a ser que…
Pero todo esto no es nuevo. Proverbios (24-7, si no me crees) lo anticipa: “No te regocijes cuando caiga tu enemigo y no se alegre tu corazón cuando tropiece”. No en vano se ha llevado a dividir la envidia en benigna y maligna. Casi la definición de locura del brillante psicoanalista Enrique Pichon Reviere – nunca la escribió, pero se la escuché- “hay locos lindos y locos de mierda”. El envidioso maligno está tomado por el odio y el ánimo de destruir al otro: resentimiento, sensación de inferioridad y de injusticia: pues carece de y se merece las cualidades, logros y posesiones del otro. La maliciosa es entre dos: una relación en “espejo”, dominada por la mirada. No tiene salida alguna, pues quedan capturados en un “dos en uno”: no hay lugar para ambos. Uno no es lo que quiere ser y el otro representa una afrenta a la autoestima y hay que hacerlo desaparecer. En los diversos niveles: no hablarle, operar en patota hostigando y maltratando – acá le decimos bullying – yendo a los golpes, arruinando lo que mas quiere y hasta, sí, herirlo o matarlo.
Se observa penosamente en tantas situaciones. Los discípulos que desprecian y deprecian a sus maestros y les retiran el reconocimiento que merecen. Todo ello es envidia y Dalia Gutman dice en su columna: “Terminás sintiéndote una porquería”. Y sí. Lo vimos en la serie Envidiosas. Al fin, ¿quién la pasa peor allí?
Me ha sorprendido descubrir que sucede, en algunas relaciones amorosas – también en la cama – el: “No te doy/hago/satisfago lo que deseás, porque es lo que te place”. ¡Minga te voy a dar el gusto! Esa crueldad envidiosa de impedir disfrutar, ¿quién no lo escuchó o habitó en acto? Pudre cualquier relación de a poco, de a mucho y después se preguntan: “¿Qué nos pasó?” y corren de balde al terapeuta de pareja.
La envidia benigna, según algunos autores, implica un desafío e incentivo a mejorar, a decidir conductas constructivas y procurar una salida abierta al mundo, a la convivencia y a participar de las reglas de la cultura: pasar de lo dual / en espejo a la “terceridad”. Es lo que vimos cuando refieren a la envidia como conducta humana y hasta saludable: es el motorcito del deseo del “quiero más para mí /nuestra vida”, que procura realizar y construir con esfuerzo, creatividad y persistencia, sabiendo que hay que bancarse las frustraciones. Y que todo no lo puedo. Es lo que depende de uno y del entorno que crea y habita.
III
La mujer le pregunta a su pastor: “¿Por qué la vida es un infierno?” cuando perseguidos los Viejos Creyentes por el Zar de todas las Rusias, se van a inmolar en su iglesia. El incendio estaba tan bien logrado, que la mitad ya se levantaba de sus butacas del Colón y concluye la ópera Jovanczina de Modest Mussorgsky con la respuesta del sacerdote: “El infierno fue creado para contener tanta ira”. Y a la pira. La envidia se relaciona íntimamente con la furia, la destructividad, la agresión y el dañar. Y el inmenso dolor que representa para uno, que al otro le vaya mejor. Antes la gente se comparaba con los de la cuadra, el barrio. Hoy día la comparación va por TV y demás medios y te exponen a fortunas y éxitos inalcanzables y absurdos: son una provocación imparable.
En I Corintios 13:4-7 te baten la justa: “La envidia no es amor”. Más aún, Rab Eleazer Hakapar dijo (Pirkei abot 4:21) que “la envidia, la lujuria y el afán de honores, sacan a la persona de este mundo”.
Y allí viene la inglesa Melanie Klein – que dominó el espectro de los psicoanalistas de Buenos Aires y alrededores, aunque el actual lacanismo ha insistido en disipar tanto su talento como sus ideas – con su exquisita precisión en indagar la relación temprana bebé-madre y sus consecuencias. Sabemos que, si bien en el útero materno el alimento viene de corrido y a discreción, al nacer tiene que venir la madre a proveer. Eso implica que cuando el bebé sufre de hambre, frío, soledad, dolor, solo se calma cuando ella aparece. Le lleva a Klein a descubrir que, en esa relación de presencia y ausencia, se desarrolla la dinámica de amar /odia a una madre que, en los primeros meses no se percibe como totalidad, sino en su capacidad de alimentar con el pecho. El bebé se alegra al saciar su hambre y su necesidad de ternura, pero se enfurece si le falta cuando la necesita. Llora de dolor primero y luego también como llamado y simulación.
Cuando llega esa leche, al tomarla, se le puede tornar de benigna a contaminada de su propia rabia, que daña a lo que más necesita. Esa leche que toma, se torna “envenenada” y le trabaja el psiquismo al bebé. Es la misma trama de la envidia de la que hablamos y que Klein desarrolla, justamente, en su libro: Envidia y Gratitud. (Siempre un resumen “Lerú”- que uno usaba otrora para preparar la materia que se llevada en el secundario – es inexacto e insuficiente). Ya tendrá el niño, el hombre, que resolverlo viviendo.
La dualidad amor /odio juega en la incapacidad de tolerar la bondad del que te hace bien o su plenitud y bienestar, buscando dañarlo. Demoníaco dirá Schopenhauer. Son los que el Dante clava en el noveno círculo del infierno: los que envidian y dañan a sus bienhechores. ¿A quién pondrá allí? A Bruto y a Casio que conspiran contra Julio César, cónsul y tirano en Roma y le clavan sus dagas en la espalda. Julio César lo ve y vocifera: “¡También vos!”: sorprendido por tanta ingratitud y traición. Al menos así lo cuenta Shakespeare.
Pero el peor de todos, Judas. De fiel y amoroso discípulo de Jesús a traidor y entregador. Lo pone en descubierto Abelardo Castillo en “El otro Judas”: él quería ser Cristo y no soportaba que lo fuera otro. La Divina Comedia lo pone en el peor de los lugares: Lucifer le come la cabeza una y otra vez hasta la eternidad. Es que los fieles seguidores- cuántos lo habrán vivido- esos que abrevan del otro y adoran, tantas veces la envidia los carcome, llegando a despreciar a su bienhechor y anhelar destruirlo, para terminar buscándose nuevos amos. Sin agradecer o reconocer, no les faltan argumentos para explicar los motivos por los cuales le desean mal, haciendo válido moralmente el dañarlos, pues se lo merecen y, sin tener la menor conciencia de la maniobra, movidos por el dolor de la envidia y la alegría por el fracaso. Si lo sabré.
IV
Hay investigaciones científicas (Takahashi y otros) que verifican que hay correlación de las bases neuronales y las emociones sociales. Demuestran que el dolor y el displacer de la envidia se recepcionan en una parte del cerebro y el placer y la alegría por el infortunio del envidiado, en otra. (No abundo: fueron realizadas con amplias muestras con tomografías et al y publicadas). Hay placer si gana tu equipo deportivo o si pierde el otro y displacer si pierde el tuyo o gana el otro. La mujer que se compara con actrices o modelos, sufre por lo que le falta o le sobra pero, si les va mal a ellas, lo disfruta. Reacciones neurales en zonas diferentes del cerebro. También se ha demostrado que los hombres gozan más que las mujeres frente al fracaso del otro: un bocadillo para las damas feministas.
Hay que reconocer que hay quienes necesitan y disfrutan de ser envidiados. Exhibir la pilcha top – hasta que aparezca la nueva – o un maravilloso auto que lo tiene todo. El hombre que carga de siliconas a su mujer, para que los otros se la quieran comer con la mirada: el revés viene cuando se deja comer nomás y lo abandona. La mujer que ostenta a su bonito galancito para matar de envidia a las amigas, pues es el que les falta y lo acosan con sus miradas y mohines. Incluso hay quienes se hacen envidiar intencionalmente y gozan de pagar a sus empleados tan poco como posible, sólo para sostener la desigualdad y tener al otro deseante, necesitado y capturado. Necesita que los/las envidien. Vale para hombres y mujeres, y para tantos otros géneros tan contemporáneos.
Pero viene G.K. Chesterton y amplía: “La biblia nos dice que amemos a nuestros prójimos y también que amemos a nuestros enemigos; lo más probable es que sea porque generalmente son las mismas personas”. Y en un entorno de ambigüedad y controversia se puede constatar que hay veces que padres, además de admirar y alegrarse con los logros de sus hijos, también sufren con la sensación de que los superan o no se les parecen. Sucede, claro, entre hermanos y amigos. “Me alegra, pero me da una rabia” o “¿por que él y no yo?”. Ni qué hablar de la envidia al éxito de la pareja. Si tan solo se tratara de celos, pero no.
La envidia trae vergüenza por sentirse miserable porque nos falta algo fundamental y culpa por el odio al otro que lo tiene. El retorno del envidiar recae sobre uno: daña la capacidad de gozar, de pensar, apreciar lo propio y amar. Ser gente. “Mensch”.
Pero habrá que aceptar que es humana, saludable y potente, cuando no demoníaca, como decían los autores referidos y requiere un arduo trabajo para tornar la rabia, el resentimiento y el ansia por el fracaso del otro, en un motor deseante, en la aceptación de las virtudes y dificultades propias, en pronunciarse, admirar y celebrar los éxitos ajenos y los propios con alegría.
En el Tratado de los Padres (Talmud) el Rab Ben Zomá decía que: “Rico es el que se alegra con su parte”. Es claro que no refiere a las crisis económicas y a las desigualdades sociales. Tu parte resulta de tu anhelo y tu esfuerzo y determinación, del desarrollo de iniciativa y perseverancia. Y la libertad de decidir. Apreciar lo que se tiene y lo que se es, gozar de lo que uno hace y logra y – el verbo menos común – saber agradecer.
Claro que hay salida a la envidia y todos pueden participar de la “fiesta de la vida”. Ya sabés – por las dudas – un ojito azul a mano.










